Hasta que los caracoles saquen sus cuernos al sol

La lluvia como tiempo atmosférico es maravillosa, es la excusa perfecta para pasar tiempo en casa disfrutando de una buena serie o película sin el cargo de conciencia de estar eludiendo al tránsito de la vida más allá de mi cuatro paredes, pero es tener que poner un pie en la calle y se me vienen a la mente todos los males. Uno no sabe lo que es un problema hasta que lo ha vivido en carnes propias y el paseito de camino a la universidad pasa de ser agradable e incluso reconfortante cuando a uno se lo permiten a ser una experiencia cercana al cataclismo, porque en la cornisa cantábrica habrá cientos o miles de formas que difieran a la hora de referirse a la intensidad, constancia, ángulo y demás características que tenga de precipitar el agua, pero aquí útlimamente se cae el cielo o no hay cojones a que caiga una mísera gota.

A uno le repiten sin cesar que "la lluvia en Sevilla es una maravilla"; desconocía que la frase hasta haberla buscado mientras escribía esto proviniese de una película, a uno le toman por experto en cine por acertar tres preguntas consecutivas en el quesito rosa del trivial y verse religiosamente la trilogía de Shrek una vez al año (sé que hay cuatro y que en unos años vamos camino de la quinta, pero la ignorancia es felicidad); y llega a disentir con la expresión al experimentar como al caer cuatro gotas todo se torna en un verdadero caos: los coches se multiplican, aparecen de cada esquina señoras provistas de paraguas sobredimensionados a su tamaño que amenazan con dejar ciego a uno con sus varillas por la torpeza con que son empleados y tener que andar con la prudencia de no pisar alguna de las alcantarillas que están rebosando agua de color chocolate.

Es una vez que uno sortea todos este caos que la lluvia cierra el grifo y que estas calles tan habituadas actualmente a rebosar de excursionistas de Instagram quedan auspiciadas por los figurantes, esos que aún resisten al turismo de postal. Unas calles y barrios que tras la lluvia toman otro color y le permiten a uno ver una misma realidad de una forma diferente hasta que vuelven los caracoles a sacar sus cuernos al sol, en que este momento "disrruptivo" desaparece ante la normalidad

Uno nunca se va a quejar de que haga sol tras un otoño y un invierno tan pasado por aguas, que ya los había clamando que estaba el año para tapitas de pulpo y bailar muñeiras, pero la lluvia que tanto caos podía traer en el día a día era la misma que me hacía querer redescubrir las calles y plazas vestidas de otra paleta de colores acompañado de una selección de canciones acordes al día.

Puede que el valorar tanto la lluvia debiera ser una razón para irme por patas a Galicia o el norte de España, que allí de esto están hartos, pero será la escasez habitual la que haga que eso de que la lluvia en Sevilla sea una maravilla.

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